burn-out. estaba quemada

 

Quemada, justo ahora que me va tan bien en todos los aspectos. ¿De verdad me desagradaba toda la paz y la prosperidad que había conseguido ? Hasta que me di cuenta de todo lo que había estado soportando y sosteniendo todos estos años, y que había llegado al límite de mis fuerzas. Es normal haberme roto. Es lícito negarme a hacer ni una sola cosa más que no quisiera fuera de mis obligaciones estrictas.

Me he estado obligando a demasiadas cosas durante demasiado tiempo, siendo productiva constantemente. Me he agotado a mí misma.

¿Por qué ahora? Porque tenía la posibilidad de dejarme caer sin que mi hijo ni mi trabajo se vieran afectados. Si no ahora, ¿cuándo?

Me ha costado mucho aceptar que mi convalecencia emocional haya durado tanto. Estaba dando clases y sentía que nada tenía que dar, que estaba en las reservas, sin ilusión. Y aún así me he obligado durante años a seguir trabajando, a seguir criando a mi hijo con todo el amor y el respeto. Y he tenido que parar, soy humana, soy falible. 

 

Me he sentido mucho tiempo como un esqueleto carbonizado que aún camina. Quemada, vacía, sin carne. Visualizarme a mí misma así en un mundo a todo color y en movimiento me ayudó a darme cuenta de la magnitud de mi problema. He contemplado cómo se convertían en cenizas los alimentos que antes me nutrían: frutas, lecturas, Arte, Naturaleza. He llegado a la última gota de mi paciencia en los confines del mundo y  mi cuerpo y mi alma han dicho: “basta, hasta aquí hemos llegado”. Y me negué a dar un paso más.

 

Busqué ayuda profesional porque de donde estaba no sabía salir sola. Me permití seguir caminando con mi cuerpo transformado en un esqueleto calcinado. Encontré la chispa para salir en lo único que en ese momento me alegraba: los logros empresariales. Y de ahí volví a realizar las actividades que antes amaba aunque tuvieran un sabor acre en mi boca quemada: mi alma los reconocía. 

Intenté sacar brotes verdes como tras un incendio en el bosque, regenerar el tronco, pero se marchitaban. Cualquier éxito (los he tenido en este proceso) daba una alegría que se apagaba enseguida. Era precisa una regeneración vital profunda. Soledad, mi psicóloga, propuso el resurgir del Ave Fénix, pero no encontré la pasión ardiente en mi interior para desatar el incendio de la resurrección.

Me tocaba seguir viviendo, quemada. Me observé a mí misma intentando que fuera cada vez con más cariño, sin culpa.

Lo que en ese momento me estimulaba era lanzar una nueva vía de negocio, y a eso me consagré, a dar espacio, tiempo y atención a lo que me alegraba.

 

Exploré la vía artística, y di con La Muerte del tarot de Lady Frieda (el mal llamado de Crowley, ya que fue ella la aritsta), un esqueleto negro en pleno éxtasis danzante. Decidí dibujarlo, ampliando el formato de mis dibujos de los últimos tiempos, y usar los gouaches (que estaban tan secos como yo, pero logré que volvieran a hacer Arte, como yo). Lo hice grande, lo mejor que pude. Era una figura tan activa, tan feliz de ser como era, tan poderosa, que empecé a darme cuenta de que ser un esqueleto carbonizado estaba bien. 

 



 

 

Recordé a la diosa mesopotámica Inanna y su viaje al Gran Abajo, y la dibujé. Entonces llegué a su hermana Ereskhigal, la diosa del Inframundo, que le exigió que se desprendiera de todos sus símbolos de poder ( y también de su vida). Dibujé una imagen de una escultura de cuatro mil años. La mirada de Ereskhigal me interpeló en el siglo XXI. Se puede estar en el Gran Abajo manteniendo tu poder. Y algo empezó a cambiar en mí: se había abierto una posibilidad, la aceptación se extendía. Continué explorando a otras diosas del Mundo Subterráneo y di con Hécate, la triple diosa del Inframundo antes de la llegada de la generación olímpica y del Patriarcado. Hades (con ayuda de Zeus) la quitaron el trono, pero no pudieron echarla de su hogar. Busqué en su iconografía todos sus símbolos asociados.

Y a partir de aceptar mi situación emocional fui consiguiendo trascender ese estado.

Semanas después, soñé que mi carne volvía a mis huesos poco a poco y me desperté. Cuando abrí los ojos, aún en la cama, me inundó una oleada de agradecimiento por las personas que me apoyaron en esta etapa personal extremadamente difícil, y con esa gratitud sentí que era verdad, que los músculos estaban formándose encima del osario calcinado. 

 

Reconozco que sigo algo zombie, renqueante, que me canso rápido, como si no conociera aún como funcionan mis nuevos músculos y tendones. Y bueno, tras mucho tiempo, tras tantos meses, tras todo este tiempo que estoy necesitando para sanarme, aquí estoy. Busco dar más luz a aquello que me ilumina, reencontrar los caminos vitales.

 

He encontrado a nuevas amigas maravillosas, como Marta.

He hallado una socia, Nerea, con la que soñamos juntas mientras construímos proyectos culturales y muchísimos planes que van a traer trabajo a mujeres talentosas que se hayan quedado por el camino (como nos sucedió a nosotras). Estamos construyendo una comunidad que haga un mundo mejor. Creciendo hasta donde nunca me había atrevido a soñar.



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